El fin de la infancia. Arthur C. Clarke.

Cuando me hablaron del argumento de «El fin de la infancia» sentí ese vértigo que me suele embargar: una especie extraterrestre más inteligente que el ser humano.

Pensé que el argumento podría parecerse al de mi novela: «Serendipias», y lo que menos quiere un escritor es crear historias que ya se hayan escrito.

No siendo así, paso a comentar lo que discerní en «El fin de la infancia», pero antes de nada seamos conscientes de que esta novela se publicó en 1953 lo que le confiere un gran valor pues en ella se presentan asuntos válidos en nuestros días.

La idea de que los seres humanos seamos una especie inferior no suele ser agradable, aunque si te paras a pensarlo, es bastante factible que sea así. 

¿Quién, en su sano juicio, puede creer que nuestro progreso es el adecuado después de 7.000 mil años de existencia?

Aunque la probabilidad de que encontremos vida extraterrestre sea remota, la posibilidad de que existan seres más desarrollados que nosotros es bastante grande.

Ahora bien, si ellos son más inteligentes ¿por qué aún no nos han encontrado? 

A partir de aquí existen varias teorías, una de ellas se basa en la paradoja de Fermi

“La creencia común de que el Universo posee numerosas civilizaciones avanzadas tecnológicamente, combinada con nuestras observaciones que sugieren todo lo contrario, es paradójica, sugiriendo así que nuestro conocimiento o nuestras observaciones son defectuosas o incompletas”.

Es posible que existan otras civilizaciones más avanzadas y que seamos incapaces de reconocerlas, o bien que para ellos no seamos interesantes. 

Es bueno que hagamos esta autocrítica: si el ser humano hubiera hallado a otra civilización menos avanzada que la nuestra, por ejemplo en Marte, no quiero ni imaginar que hubiera sido de ellos.

Pero, pensemos ahora en que una especie más avanzada que la nuestra no nos invadiera como un planeta esclavo o una manada de animales a los que devorar.

«El fin de la infancia» parte desde ese punto:

El ser humano es tutelado por una especie más capacitada, más desarrollada, sin ánimo de conquista, que soluciona los problemas de un planeta que corre peligro por las continuas guerras que nos enfrentan.

Los Superseñores, como así los llama Clarke, son los extraterrestres que lideran el planeta Tierra con un objetivo que los seres humanos desconocen. 

Arthur C. Clarke es un autor de ciencia ficción que trata estos temas desde un punto didáctico y para ello se basa en su conocimientos científicos.

La novela nos enseña los viajes en el espacio y en el tiempo. Nos hace pensar que fuera de nuestro mundo hay otros muchos, nos hace evidenciar lo pequeño que somos, no solo en nuestro planeta, sino en la galaxia.

Expresa las inquietudes sociales, éticas y culturales ante un agente externo del que nada tienen que temer.

Y también muestra nuestro mayor valor: la capacidad de crear cosas hermosas relacionadas con el arte, o nuestra psicología como parte de una mente que aún desconocemos.

«El fin de la infancia» debe su título a una época en la que el hombre, tal y como lo conocemos, deja de serlo para convertirse en otra entidad.

Como epílogo a esta reseña podríamos argumentar que la raza humana nunca se dejaría invadir pacíficamente.

Cabe pensar que lucharíamos ante un agente externo, sin embargo qué razón tienen las palabras con las que comienza el capítulo seis:

“Un mundo y sus habitantes pueden ser transformados profundamente en solo cincuenta años, hasta tal punto que nadie pueda reconocerlos. Solo se requiere un hondo conocimiento de los sistemas sociales, una clara visión de los fines que uno se propone…y poder”.

Arthur C. Clarke.

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